LA FICCIÓN DE LA PATRIA

“El nacionalista no solo no desaprueba las atrocidades cometidas por su propia nación, sino que tiene además una extraordinaria capacidad para ni siquiera oír hablar de ellas”, George Orwell.

El nacionalismo es una catástrofe, decía Mario Vargas Llosa, con cuyos delirios clasistas, sin embargo, no comulgo. Cuántas atrocidades, siguiendo la tesis de Orwell, se han cometido al amparo de una bandera, de un ideal de federación de un colectivo humano confinado en unas fronteras.

Diógenes el cínico ya insinuó que la Tierra no es de nadie, y que las fronteras amparadas en las tradiciones son absurdas. En el siglo IV a.C. ya se definía como cosmopolita, ciudadano del mundo, tal y como deberíamos sentirnos todos. Olvidamos demasiado a menudo que es el azar lo que nos convierte en ingleses o cameruneses, lo que nos ha concedido nacer en un país donde los niños son alimentados y educados, o en otro en el que son maltratados y mueren de inanición. No existe mérito alguno en nuestra nacionalidad, y de hecho, debemos tener por seguro que nuestro país nunca hará más por nosotros que por sí mismo.

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Diógenes el cínico se sentía ciudadano del mundo. Fue el primer cosmopolita que conocemos

Por desgracia, ese instinto lobuno que nos alimenta ha logrado habitualmente que nuestro sentido de pertenencia a un grupo impere hasta el punto de dejarnos morir por él, incluso de matar por él. Me estremece pensar cuánta gente ha perdido la vida bajo una bandera. Un simple trapo de colores asomando sobre una pica. 

Tal y como yo lo percibo, los nacionalismos únicamente han sido útiles a quien deseaba manejar al pueblo y someterlo a sus designios; a los reyes y magistrados. Lo símbolos patrios siempre sirvieron al poder para someter al pueblo a un mismo ideal, pero es de justicia reconocer que incluso los propios poderosos sucumbieron en alguna ocasión a esa utopía aglutinadora. Y es que el pueblo llano, en la Revolución Francesa, o en la Revolución Rusa, también supo recurrir a los emblemas patrióticos para esgrimirlos en su favor frente a la tiranía.

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La patria es una utopía, un concepto capaz de unir a las personas. Sin embargo, las personas no entienden que podrían unirse sin la necesidad de ese concepto

Pero a decir verdad, nada nos diferencia salvo las fronteras que nosotros mismos fijamos, de los demás seres humanos. Somos genéticamente iguales los unos a los otros. Nada nos distingue salvo el color de ojos, cabello y piel, en algunas ocasiones, la estatura, tal vez; el código lingüístico que utilizamos para comunicarnos, y algunas creencias, costumbres y tradiciones. Algo que pasaría completamente desapercibido para los miembros de cualquier otra especie, que se reconocerían como iguales, resulta para nosotros un escollo infranqueable.

Probablemente el sentido de superioridad de ciertos grupos humanos frente a otros, el ETNOCENTRISMO, viene de antiguo. Las primeras civilizaciones urbanas en Mesopotamia y Egipto no hicieron sino reafirmar el sentimiento de pertenencia a una comunidad y no en vano, con el fin de protegerse, pero también para agredir, se erigieron pasos fronterizos y murallas alrededor de las aldeas y ciudades. Sin embargo, el clímax de la desigualdad entre personas de diferentes nacionalidades se alcanzaría durante las conquistas y colonizaciones. El imperialismo romano, la conquista española de América, a partir del siglo XVI, y la expansión del resto de naciones europeas, que alcanzaría su momento de mayor apogeo en el siglo XIX con el British Empire. El mundo entero se convirtió entonces en un lugar de convivencia brutal entre conquistadores y conquistados, y las personas retomaron con ímpetu la esclavitud que había sido formalmente abolida en la Roma del siglo III d.C.

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Los bebés, de forma innata, no hacen diferencias por raza o nacionalidad, contrariamente a los adultos

Las banderas, la religión, el etnocentrismo, indujeron a los europeos a humillar y aniquilar a unas culturas por el mero hecho de ser distintas, de no contar con un progreso tecnológico similar, despreciando, como de costumbre, lo esencial, la espiritualidad, la humanidad. No existen cifras concretas para contabilizar la masacre de indígenas perpetrada en las Américas, en África, en Asia, en Oceanía. No son números que interesen al hombre occidental, pero podemos contar millones. El ser humano europeo, de todos modos, actuó de la única forma que conocía, con intolerancia y violencia, dos constantes en la Edad Media y en la Edad Moderna del viejo continente. Y es que así es como nos hemos tratado siempre los unos a los otros. ¿Por qué iba a ser distinto entonces? ¿Por qué ha de ser diferente ahora?

En ciertos momentos, el sentimiento de superioridad llegó a ser tan extremo, que incluso se inauguraron zoológicos humanos en los que algunos grupos étnicos eran exhibidos como animales. Si ya los zoos animales constituyen una aberración, podemos imaginarnos cómo debían sentirse aquellas personas encerradas entre barrotes y siendo observadas por otros seres humanos. Esclavitud, violencia, superioridad, fronteras, rivalidad: esos son algunos de los méritos propios de las naciones.

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En tiempos del colonialismo, los seres humanos llegaron a ser expuestos en zoológicos

Pero existen algunas luces en este mar de oscuridad, un sentimiento de conciencia mundial que despertó a los pueblos después de la Segunda Guerra Mundial. La fundación de la ONU, y la Declaración de los Derechos Humanos (1948), inauguraron una nueva esperanza en la que la humanidad podría considerarse indistinta y superar el problema de los nacionalismos. Por desgracia, a día de hoy sigue siendo un proyecto, y los derechos de las personas siguen sin plasmarse en el mundo real. Tal vez no de forma tan evidente, pero sí en la práctica, unas naciones no solo imperan sobre otras, sino que además las ahogan. Las mantienen sumergidas sin dejarlas respirar, saqueándolas. Ya no existen grandes imperios territoriales, pero sí comerciales, y muchos gobiernos de países pobres que en la realidad no son sino representantes de los poderes económicos de las naciones ricas.

En el mundo occidental asistimos a la tremenda hipocresía de clausurar fronteras a los ciudadanos procedentes del Tercer Mundo, cerrando los ojos ante su horror, aun a sabiendas de que éste se genera a consecuencia de nuestra avaricia, de las guerras que nosotros mismos provocamos y alimentamos. Acudimos a sus países, los conquistamos, les arrebatamos las riquezas, los abandonamos, los convertimos en deudores infinitos, dejamos que sus poblaciones sucumban, y a los pocos que consiguen escapar, les cerramos las puertas con el deleznable argumento: “Este país no puede mantener a todo el mundo”. Tal es el drama de la descolonización. ¡Qué patética es a veces la ingratitud humana! ¡Qué mal mentimos, y qué fácilmente nos tragamos nuestras mentiras!

Debéis saber que las naciones y los símbolos nacionales no significan absolutamente nada. Cuando el ser humano inició su andadura y comenzó a dominar el entorno no existían más que clanes itinerantes. Únicamente los seres humanos comenzaron a sentirse dueños del espacio con la sedentarización. Allí empezaron las primeras disputas por los terrenos más fértiles. Nada más. No existían ni fronteras ni países, ni banderas ni escudos. Fijaos en qué ha derivado la sedentarización. ¿Acaso somos tan simples? ¿Creemos que la nacionalidad nos define? ¿Eso es todo lo que somos como personas? No me lo puedo creer. No seamos tan ingenuos como para caer en eso. No hoy día. No muramos ni matemos por algo que no existe salvo en la simbología, en la mente humana. Nunca fue tan fútil la muerte como la que se amparó bajo una nación. Demos la vida, si no nos queda más remedio, pero por la humanidad entera. Solo así habrá valido la pena. Miremos a los ojos a esa persona de ese otro país, y preguntémonos si es o no un ser humano exactamente igual que vosotros, si vale o no la pena ayudarla. Contestémonos de corazón. 

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El etnocentrismo llevó a los europeos a imponer su cultura sobre todas las demás

Yo soy de la opinión de Cicerón, cuando dijo: “Donde quiera que esté bien, allí está mi patria”, y especialmente de Erasmo de Rotterdam, que escribió: “Para el hombre dichoso todos los países son su patria”. Recientemente escuchaba al ex presidente uruguayo Pepe Mújica señalar que el mundo no se curará hasta que nos demos cuenta de que debemos mirar más allá de nuestras fronteras, y entender la vida humana como algo universal.

Hasta que no comprendamos que cualquier persona de un país distinto es tan igual a nosotros como quien ha nacido en nuestro pueblo, esta crisis en la que se halla sumida la humanidad no llegará a su fin. El estoico Séneca rezó: “No he nacido para un solo rincón, mi patria es todo el mundo”. Y debemos entender que es así. Porque al fin y al cabo: ¿Quién no ha sido alguna vez inmigrante, o sus antepasados? ¿Acaso no somos estúpidos cuando recibimos a los extranjeros a balazos entendiendo que la tierra que se halla en el interior de nuestras fronteras es de nuestra propiedad? ¿Acogieron así a nuestros antepasados? Un ejemplo paradigmático es el del patriotismo en los EE.UU., que al fin y al cabo es una nación conformada por gentes de origen multinacional y multicultural, que se impusieron por la fuerza a los indígenas, los verdaderos oriundos de Norteamérica. Aun así, sus fronteras son impermeables y el racismo sigue a la orden del día. Fueron europeos, africanos, asiáticos; y sin embargo, hoy día muchos de ellos se encuentran desarraigados completamente de sus orígenes.

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Los estadounideneses decidieron votar a un presidente abiertamente racista a pesar de que los orígenes de esta nación se forjaron sobre la multiculturalidad

“Nadie es patria, todos lo somos”, escribía José Luís Borges, porque en realidad el propio concepto es artificial, mental; uno es tan patriota como se siente. A mis abuelos, por ejemplo, durante la dictadura franquista les enseñaron a amar a su nación, les adoctrinaron, y siempre creyeron que el amor al país era una virtud, incluso la mayor de todas. Yo crecí con ello, y no comprendí hasta hoy que el poder no hacía sino instrumentalizar la simbología y la liturgia patriótica en beneficio de unos cuantos.

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Las primeras migraciones humanas revelan que todos tenemos el mismo origen

Devine apátrida cuando advertí, como el poeta Quevedo, que “El amor a la patria siempre daña a la persona”; y que todos aquellos que habían muerto por su país lo habían hecho por algo menos importante de lo que creían. Porque hoy entiendo que la única patria que nos ama es aquella que prefiere desaparecer antes que sacrificar por sí misma a su hijos, tal y como haría una buena madre. Y es que al final, esas pobres personas difuntas (ese soldado desconocido al que tantos monumentos se erigieron en todo el mundo después de las guerras mundiales) perdieron la vida al convertirse en el parapeto de aquellos que enarbolaban los símbolos patrios, sus líderes, que no obstante no lucharon casi nunca con la milicia, con las huestes de a pie. Anatole France apuntó: “Uno cree que muere por la patria y en realidad muere por los industriales”, y no erraba demasiado. Como no lo hacía James Joyce al defender: “Me hablas de patria, lengua y religión y esas son las redes de las que yo procuro escapar”. Nada desunió a los seres humanos como estas tres cosas, especialmente la primera, porque como arguyó Librado Rivera: “Mientras existan patrias habrá guerras, jamás existirá la paz sobre la Tierra”.  

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