SABUESOS DE LAS REDES SOCIALES

Puede que sea porque el “ser humano” es un animal político, tal y como señalaba Aristóteles, el motivo por el cual un buen número de personas alberga un enfervorizado deseo adhesión y pertenencia a determinado grupo o corriente. Y muchas veces no son tan importantes los argumentos, o las ideas, como la sensación de formar parte de algo, lo que les lleva a convertirse en auténticos sabuesos o perros guardianes. Este fenómeno es fácilmente apreciable en la mayor parte de las discusiones políticas, en las que lejos del intercambio necesario y crítico de sus ideas, los debatientes se empecinan en destrozar a sus interlocutores, a los que consideran un adversario y no, como deberían, un aliado en el infinito mundo del conocimiento.

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Las peleas de las redes sociales están muy lejos de los salones de la Ilustración en los que los debates trataban de convencer con argumentos y cuyo objetivo era ampliar el conocimiento propio y ajeno.

Y si hay algo que ha encarnizado esas “batallas de gallos”, mucho más que las barras de bar y algunos festejos populares, han sido las redes sociales. En Facebook y Twitter los navegantes asumimos el rol del conductor. Nos permitimos insultar y adulterar la realidad a mansalva como quien llama “hijo de puta” al que va en el vehículo de al lado porque se siente protegido por la carrocería y los cristales. En las redes sociales adquirimos el papel de los espectadores de un campo de fútbol, que “se cagan en los muertos” del árbitro porque el graderío los separa, y porque da la sensación de que éste, lo mismo que la presunta anonimidad de internet, es un foro dispuesto para este tipo de barbaridades. No importa si no tenemos razón, si no era penalti, o si el conductor que se ha cruzado delante de nosotros había cumplido con la normativa circulatoria, el caso es que nos sentimos a salvo, y por ello nos permitimos todo tipo de aberraciones. Tiramos la piedra antes de preguntar.

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En las redes sociales nos sentimos protegidos, como en el interior de un coche, y nos permitimos decir cualquier brutalidad.

En las redes sociales, si bien nuestro nombre figura en la firma, somos muy valientes porque nuestra integridad física no corre peligro. Las calumnias no se pagan, como tampoco pasa factura el embuste. Todo vale, excepto las escenas de sexo o violencia extrema, o el humor negro cuando se dirige a determinados individuos que forman parte de las elites. Por lo demás, tú puedes llamar “cabronazo” a cualquiera sin reparos; puedes divulgar cualquier fábula y conseguirás una interminable retahíla de “likes”, mensajes de aprobación, e incluso muchos la compartirán. Y es que lo realmente peligroso no es ya la incultura de muchas de estas personas, sino también que de cada vez las noticias están menos contrastadas, argumentadas y son más breves. Porque en internet lo extenso, lo que signifique un ejercicio de reflexión intelectual, no vende. Venden las frases hechas de Paulo Coelho, las imágenes manipuladas, los “zascas”, los vídeos anónimos.

Pablo Casado
En plena campaña electoral, el PP difundió en internet imágenes de Venezuela para perjudicar a Podemos, cuando en realidad correspondían a la República Democrática del Congo. No pasó nada. En las redes “todo vale”, y una vez que se tira la piedra el daño ya está hecho, sino que nadie se haga responsable.

Y el periodismo, lejos de combatir esta manipulación, se ha adherido a ella. Es más, se recrea en ella. Los artículos de investigación con fuentes contrastadas se han convertido en titulares grandilocuentes que lejos de rotular artículos categóricos, argumentativos y persuasivos inscriben a lo sumo dos párrafos anodinos y discutibles.   

Las redes sociales se han convertido en un campo de minas para la veracidad, y en un arma de destrucción masiva contra la cultura, que las elites utilizan adecuadamente para preservar la alienación. En lugar de sumar para la gran masa de individuos perjudicados por la desigualdad están restando. El ruido absurdo, las mentiras impías y las imágenes manoseadas no han hecho sino polarizar a las clases populares, alejándolos todavía más de lo que ya estaban y entregando el control de la información a las clases dominantes.

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En las redes sociales abundan las “conversaciones de besugos”

Es realmente decepcionante comprobar cómo los “tuits” y los eslóganes coloridos de facebook han relevado los debates de ideas, las rivalidades argumentativas. Para más inri, en las redes sociales, a base de descartar las ideas contrarias, uno acaba formando parte de un grupo ideológicamente homogéneo que no hace más que darse la razón como harían los lacayos de un dictador. Se publica un lema: “qué bueno es mi partido político y qué malo es el otro”, y los becerros retuitean como monos o repiten como loros. Si a alguno se le ocurriera plantear debate, estallan los ladridos de perros o simplemente se le bloquea. Así de fácil.

Esa imagen pertenece a un grupo de facebook con casi 43.000 seguidores. Es fácil de entender que no exista el debate interno en este tipo de foros.

De este modo nuestros políticos, por ejemplo, han tenido el don de convertir sus perfiles sociales en campos abonados para el pelotismo, en los que no son bienvenidas las opiniones divergentes. Así es como un foro que de base es excepcional, se transforma en un continuo elogio grupal.

... ? Mirá que político bloqueó a Mirtha en Twitter – Nación Pro
A los personajes públicos les resulta muy fácil evitar el debate. Basta con bloquear a alguien que plantea un debate.

Es lo que tienen los posicionamientos enrocados y las mentes acríticas, que no admiten contraste, que no son capaces de analizar perspectivas. Mi amigo Gustavo, por ejemplo, se obstina en contribuir a los debates en las redes con evidencias históricas y notas bibliográficas, pero no hay manera, quien le responde lo hace con frases hechas y discursos sesgados, sin bibliografía, sin fuentes. En un debate “face to face” mi amigo Gustavo no tendría rival, pero en internet todo queda difuminado por lo que llaman un “zasca”, y por la futilidad.

Hace poco me metí en la conversación que se fraguaba bajo un lema xenófobo. Los carneros habían replicado con ecos a una generalidad del tipo: “todos los musulmanes vienen a delinquir”. Traté de comprenderles, de ponerme en su perspectiva, y sobre todo, de convencerles, pues las ideas convencen, no son armas con las que derrotar al enemigo, sino para persuadirlo. En fin, todo el gozo en un pozo cuando después de citar a Kant y a Hannah Arendt, resulté bloqueado e injuriado por aquellos que únicamente buscan la condescendencia. Es lo que hay. Son las redes sociales. Un foro social transformado en sociópata.  

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Esta imagen se difundió para injuriar a Albert Rivera, cuando en realidad no se corresponde con él. Una vez lanzada la piedra, el daño ya estaba hecho. 

Al final lo único que llama en una sociedad acostumbrada a la mediocridad y a la presteza, al placer de lo efímero, es el discurso fácil y breve, aunque no se ajuste a la realidad. Noticias de “El Mundo Today” que se comparten como si fueran ciertas, imágenes a todas luces manipuladas, vídeos que dicen ser una cosa y que en realidad son otra, lemas excluyentes y rimbombantes, citas difícilmente aplicables o tergiversadas. Y sobre todo las etiquetas: unos son inmediatamente bolivarianos y estalinistas, fascistas y clasistas los otros, sin que se dé la posibilidad de un debate ideológico tan necesario en nuestros días. Unos niegan el cambio climático sin pruebas, y otros las aportan sin contrastar. Unos dicen que los sus políticos no roban, y se apoyan en noticias publicadas por sirvientes de esos propios políticos. Y así todo. Una lástima. Otra herramienta que pierde el pueblo para unirse frente al poder.

 

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