LA INDEPENDENCIA DE CATALUÑA. EL NUEVO DESASTRE DEL 98

¿Sabías que, en pleno siglo XXI, los catalanes comparten muchas de las reivindicaciones con los habitantes de las colonias americanas en el siglo XIX?

A España ya se le independizaron las colonias…

En 1898 los intelectuales españoles no se explicaban por qué en apenas un siglo España había perdido todo su imperio colonial. A pesar de que el proceso había sido lento y gradual y de que desde la independencia de Paraguay, en 1811, hasta la de Puerto Rico, habían transcurrido al menos dos generaciones (87 años) la metrópoli no encontró la manera de apaciguar los gritos de libertad que resonaban desde las colonias.

Tampoco se interesó mucho, quizás pensando como ahora, que las reivindicaciones de sus gobernados terminarían por evaporarse como las gotas de rocío. Bien por dejadez, o bien por esa particularidad del chulapo castellano que se tiene por encima del bien y del mal y que apenas alberga capacidad autocrítica, el caso es que entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX España había dejado de ser uno de los imperios dominantes en los albores de la Era Industrial. Y lo peor de todo no era la merma territorial, sino que al parecer la metrópoli no había aprendido la lección.

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La intransigencia española respecto a las colonias americanas ya propició su completa independencia en el curso del siglo XIX

Dan cuenta de esto último las cruentas guerras en el norte de África que durante la primera mitad del XX llevaron al abismo a algunos gobiernos de Madrid. Hay quien dice que el ser humano necesita tropezar dos veces con la misma piedra para aprender. Parece que al gobierno español le hacen falta muchas más.

Y es que si analizamos las reivindicaciones que se tienen como origen de la independencia de las colonias americanas en el XIX, encontraremos muchas similitudes con los acontecimientos que agitan el panorama español en pleno siglo XXI. Entre las pretensiones de las colonias podemos apuntar, a saber: mayor sensibilidad hacia sus trayectorias culturales locales; un régimen fiscal autónomo y adecuado a las condiciones de ultramar; una mayor libertad política y capacidad de decisión sobre las cuestiones internas.

Podemos imaginarnos al español de raza, al “macho ibérico”, tal y como hoy hace con las exigencias nacionalistas, con una cerveza en la mano y un palillo en la boca, injuriando en cualquier taberna a los provincianos y argumentando que deberían someterse por las buenas o por las malas a la metrópoli, porque España es una nación única e indisoluble que cuenta además con la bendición divina. Vale la pena destacar que en aquellos tiempos la Ilustración había pasado solo de refilón por el panorama político ibérico, y que fue precisamente cuando los brillantes fundadores de La Pepa empezaron a ser perseguidos por el absolutismo más rancio, cuando las colonias de ultramar pusieron pies en polvorosa seguras ya de que era mejor morir de pie que vivir de rodillas ante una España rancia y ególatra.

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Este tipo de eslóganes no hacen sino menoscabar la convivencia entre las diferentes sensibildades nacionales en España

Hoy el contexto no es disímil. España no es un país puntal en I+D+I, no ocupa ya una posición internacional de privilegio, y los potenciales ilustrados que podrían renovar el país se ven forzados a trasladar sus cerebros a otros estados en los que se los valora. Otro nexo de unión entre las dos épocas es el constante traspié de los gobernantes estatales, que como en el mito de Sísifo, parece condenado a repetirse hasta la eternidad. Y es que todavía no se han dado cuenta de que aquí el modelo centralista es inoperante. No somos Francia, pese a que el jefe del Estado posea linaje galo. Parecemos condenados a intentar una y otra vez la imposición de la unidad cultural y política que en España jamás resultará. No funcionó ni siquiera cuando Felipe V la impuso por la fuerza después de haber aniquilado militarmente al enemigo. Y da la sensación de que no haya llovido desde 1714, pues no en vano recientemente oíamos todavía a uno de los ministros del partido más votado que “hay que españolizar” a los niños catalanes. “Españolizar” significa unificar, centralizar, imponer un modelo único de nación que haga desaparecer todas las sensibilidades autonómicas.

Aún no se han dado cuenta, después de 300 años, que eso no les va a funcionar. Y no lo hará a pesar de que buena parte de la España ibérica e insular les apoye, porque en este país siempre existirán unas reclamaciones regionalistas que de no ser oídas, terminarán por autoextirparse como hicieran las colonias en el 1800.  Más aun cuando el Estado se halla en una situación de debilidad interna y externa comparable a la de aquella regida por Fernando VII y Carlos IV.

El caso catalán…

Cataluña se siente en estos días como la última de las colonias agraviadas por el centralismo gubernamental. No es una nación histórica, como no lo eran tampoco Argentina, Perú o Bolivia. Ni siquiera Italia lo era cuando nació como Estado en el XIX. Pero sí lo es, como todas las citadas, a nivel cultural.

Y es así como surgen los Estados. Las naciones nacen al aglutinar intereses y sensibilidades  históricas, sociales y culturales, y para ello no hace falta acudir a la historia de la Corona de Aragón, y mucho menos a la de la Marca Hispánica, el Reino Visigodo de Tolosa, o la Provincia Tarraconensis. No es necesario. Porque los catalanes no necesitan haber tenido un reino para sentirse una nación propia. Solo reclaman que se les reconozca. Eso que a los españoles les cuesta tanto, mucho más en nuestros días, en los que quienes nos gobiernan son descendientes del ideario franquista.

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Italia y Alemania, como Cataluña, no eran naciones históricas, pero sí culturales

Pese a que puedo comulgar con las reclamaciones de los nacionalistas e independentistas catalanes, como historiador no puedo consentir que se instrumentalice la historia. A los catalanes les digo que Cataluña no fue un reino, ni un Estado, pero sí una nación cultural, unida por idioma, historia y tradiciones, lo cual ya es suficiente para fundar un país, como sucedió en Alemania, en torno a la literatura de Goethe, o en Italia, la tierra de Dante.

Además de estas características, lo que une a los catalanes es la profunda frustración de verse gobernados por un país que no los valora, que los maltrata, y que los minimiza constantemente. Tal vez sea porque los catalanes tengan más orgullo que otras provincias ninguneadas, como las Baleares o Galicia, o porque realmente han padecido en demasiados ocasiones el azote de la intransigencia castellana, en 1640, en 1714, en 1939… Motivos no les faltan para sentirse damnificados, y mucho más después de que sus demandas estatutarias fuesen tiradas al retrete por un gobierno presuntamente progresista y con un presidente de la nación que se jactaba de ser barcelonista.  Nada menos.

Como consecuencia, demandas de un referéndum que el Estado español, con ese deje castizo que ya le había pasado factura en el 98, no atenderá jamás. Porque nada se ha aprendido en más de cien años, y porque un “castellano viejo” quizás preferiría morir antes que ver a un catalán ejerciendo el derecho a la autodeterminación. Desde que los Trastámara unieron matrimonialmente las dos coronas, ese territorio es suyo.

El talante no negociador del Estado impidió que las colonias se mantuviesen dentro del imperio

Sin embargo, de haber tenido algo más de amplitud de miras, tal vez podríamos habernos mirado, y ya es hora, en el espejo de potencias internacionales como Inglaterra (Reino Unido), que a pesar de verse obligada a soltar las amarras de su imperio ultramarino jamás perdió las conexiones, forjando esa unión histórica y política llamada Commonwealth. De la misma manera que los ingleses, asimilables a los castellanos, que siempre se vieron azotados por las reivindicaciones provinciales, sí atendieron a las sensibilidades galesas, escocesas e irlandesas, permitiéndoles, entre otras cosas, disponer de sus propias selecciones deportivas y facilitando a Escocia la celebración de un referéndum de independencia pactado con Londres.

Y es que es así como se gobiernan los grandes imperios. A través del pacto. Isabel II captó esta obligación desde el primer momento en que envió a sus corsarios a la conquista de ultramar, pero jamás lo hicieron los españoles, los castellanos, que como Carlos V pensaron que los imperios se unifican política y religiosamente. Nada más lejos de la realidad. El Austria lo comprendió al final de su vida, durante su retiro espiritual en Yuste, pero no supo transmitirlo a los futuros jefes de Estado.

A las puertas de la independencia de Cataluña, sea por vía pactada, sea por la vía unilateral, el estado central todavía no ha comprendido que España no es Francia y que no hay forma de imponer, al menos por la vía democrática, el centralismo. Como en los albores de 1800 ningún magistrado de la metrópoli perderá el tiempo escuchando las reclamaciones de los provincianos, y como los castellanos de 1898 los eruditos se preguntarán en unos años por qué volvieron a fracasar en la unidad de España, y por qué Madrid tiene cada vez menos territorios que administrar.

Porque esta visión prepotente de la realidad es algo que jamás se aceptará en la España profunda, en lo que algunos llaman “caverna”. Tan solo aquellos que vivimos en territorios con sensibilidades distintas lo observamos y lo denunciamos. España, la de origen castellano, podría haber sido una nación de naciones, como el Reino Unido, y su soberbia terminará convirtiéndola en una nación apartada y odiada. Lo mismo que representa Serbia dentro de la antigua unión eslava que conocimos con el nombre de Yugoslavia.

Y los españoles, sumidos en su prepotencia, no se lo creen, pero pasará, porque nada ni nadie puede detener el aullido de los pueblos que claman por su libertad. Si no es hoy será mañana, y si no, en cien años, a no ser que cambien las políticas. Pero éstas no cambian, y ni el PSOE ni C’s se bajan del burro de la sagrada unidad de España, mientras que Podemos, que parecía la última esperanza, muestra en Cataluña que sus representantes castizos entienden tan poco como los del PP la cuestión nacional catalana.

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En pleno siglo XXI es difícil sostener cualquier argumento en contra de la celebración de un referéndum democrático

¡Dejadles votar! Ya no hay otra. Votarán, y si se lo impiden los cuerpos y fuerzas de seguridad, volverán a hacerlo en un par de años, y el problema no hará más que agravarse. Yo soy de los que creen que si se les hubiese permitido votar hace varios años habría ganado el NO, porque al fin y al cabo los catalanes de raíz emparentados con los “segadors” de 1640 comienzan a escasear como los “bolets”. Pero lo que está consiguiendo el PP de los Aznar y Rajoy, ese ente de herencia franquista que antes moriría que ver a un catalán votando por su libertad, es que de cada vez más catalanes de adopción, incluso los que vienen de Andalucía, de Murcia y del norte de África, se sientan más identificados con una causa que antes ni les iba ni les venía, pero que ahora es suya, pues se trata ya de la defensa de la democracia, del derecho a decidir, de la libertad, y de los propios Derechos Humanos.

Por eso, señores, ya no hay vuelta atrás, o Castilla negocia, o se avecina otro 98.

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