Consejos prácticos para escritores:

O tal vez no demasiado prácticos, porque ya se sabe que lo que le funciona a uno puede no ser útil para otros. En todo caso, el primer consejo es escribir, leer y no dejar de leer y escribir, pues no hay mejores maestros en el arte de la literatura.

Está claro que nuestros primeros escritos son unos bodrios, por mucho que nos empeñásemos algunos en nuestra adolescencia. Yo mismo, por ejemplo, andaba con un anticuado diccionario de sinónimos y elaboraba un extravagantes pastiches que sonaban bien pero que carecían de contenido.

Con el tiempo uno va dando importancia a otros aspectos, como la agilidad del texto, la legibilidad, la comprensión y la profundidad, que no tiene que ir siempre cargada de pomposidades.

1.Las emociones

En todo caso no soy aún un escritor profesional, y mucho me temo que aunque lo fuera llegase a considerarlo. La escritura no puede considerarse un oficio, como el de un artesano, de producción en cadena, aunque bien lo intenta el capitalismo imperante. No, escribir es un arte, y como sucede con la pintura, o la escultura, no hay libro idéntico, y suele notarse cuando uno no escribe con el corazón, sino solo con la cabeza. El apremio nunca es bueno, y la artesanía en esto de la literatura corre el riesgo de producir sagas inanes y anodinas.

Por lo tanto, mi primer consejo es escribir con el corazón, con el alma, independientemente de que la razón pueda dirigir el carro de nuestras emociones.

No sé si por ello se nos apreciará como escritores, pero el lector lo percibirá sin duda, y seremos capaces de empastar con él, que es de lo que al fin y al cabo se trata, pues solo las emociones conectan con las emociones.

2. Lecturas de referencia

Pero hay más. El escritor no se hace de la nada, igual que creo que no nace, sino que se fabrica a sí mismo. Y del mismo modo que la cultura es la transmisión generacional de unos conocimientos, también sucede así con la escritura, que forma parte de ella.

El escritor debe tener al menos un autor de referencia

al que imitar (no estoy hablando de copiar), al que acudir durante el desasosiego que encontraremos habitualmente en nuestros caminos. Un escritor, en definitiva, en el que inspirarse, pues la inspiración no es un material etéreo que se acerca volando al artista, como algunos piensan.

Cualquier artista mama de unas fuentes, y en ellas establece el fundamento de su arte. El objetivo debería ser acopiar el mayor número de fuentes, empaparse de ellas, y una vez hecho esto, crear nuestro propio estilo, que puede ser parecido a algunas, o simplemente similar a todas ellas.

Tomad de cada escritor aquello que más os atraiga: la prosa de Miguel Delibes, las descripciones de J.R.R. Tolkien, las técnicas de narración cinematográfica de Dan Brown o de Manfredi, las particularidades culturales de Noah Gordon…

El escritor aficionado del siglo XXI se topa con en este sentido con una ventaja y un inconveniente de igual envergadura. Podemos apoyarnos en más de 5000 años de palabra escrita, si decidimos retroceder hasta el antiguo Egipto o a Mesopotamia. Pero por el contrario, lo que se ha narrado es mucho y prolijo, y ello es un reto para la imaginación.

3. No desanimarse por la competencia

A la producción literaria de cinco milenios hay que añadir la competencia, que actualmente es desmesurada en todas las facetas de la vida. Entre más de siete mil millones de habitantes es muy difícil destacar en nada, y como siempre digo, incluso para ganar el campeonato del mundo de canicas es necesario un buen entrenamiento.

Ahora bien,

el escritor no puede producir con los objetivos de fama y riqueza en mente.

Eso sería un completo error. A día de hoy vivir de la escritura es una utopía. No solo porque la competencia es ingente, sino también porque el acceso al mundo editorial es muy limitado. Una buena cantidad de editoriales firman en sus páginas web: “no admitimos manuscritos que no hayan sido solicitados previamente”. Y ¿cuáles son esos ejemplares solicitados? Pues imagino que las memorias de famosetes de la talla de Belén Esteban y Sergio Ramos; las novelas de periodistas y escritores con solera; o las obras de escritores que empiezan a hacerse un nombre en el mundo literario. Lo que no es habitual es que se publiquen primeras novelas, si bien puedan ser best sellers en potencia. Las editoriales son empresas y prefieren no arriesgarse con promesas. Al menos, en su mayoría. Razón por la cual,

a día de hoy no se me ocurren opciones más viables que la autopublicación o co-publicación.

Es algo que podemos hacer, gracias a las plataformas de libros en formato digital, como Amazon, tal y como yo he hecho con mi último libro. De esta forma nos saldrá gratis, y podremos contentarnos con la idea de que después de grandes esfuerzos y poniéndole mucha pasión “quizás” nuestras palabras lleguen a alguien más allá de nuestros familiares.

De la misma manera (ojo a los timos),

hay editoriales que se dedican a publicar manuscritos y a publicitarlos a cambio de una inversión, aunque en ello hay mucha estafa y corremos el riesgo de perder el dinero

y quedarnos en casa con varias cajas de nuestros libros, que acabaremos regalando con tal de quitarnos de encima.

Otra opción es la co-publicación, que implica que nuestra obra sea interesante y atractiva y que en nuestro caso estemos dispuestos a correr con la mitad de los gastos de publicación. Siempre pienso que hay que estar muy seguro del manuscrito de uno para llevar a cabo tal empresa, pues

no escribo para ganar dinero, pero tampoco para perderlo. 

En este sentido, si nos decidimos por apoquinar para que nos publiquen, deberíamos hacerlo progresivamente, emitiendo una primera edición limitada en número y en función de su aceptación invertir una suma mayor la segunda vez.

Continuará…

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